La maldita primavera (Marc Ferrer, 2017)

Desde que el cine es cine, siempre ha habido estándares de representación. Ya sea de manera involuntaria o concienzuda, ya sea por necesidad o por exploración en los recursos del lenguaje, el cine, como cualquier arte, ha desarrollado unas normas básicas de realización. Casi al mismo tiempo que estas se generaron, surgieron voces disonantes. La imposibilidad de aceptar estos estándares, el interés por reflexionar sobre el propio lenguaje o la genialidad inconsciente abarcan buena parte de las transgresiones que se han llevado a cabo a lo largo de los más de 100 años de Historia de este medio. Sin embargo, en algunos casos, la explicación es mucho más sencilla: las simples ganas de jugar, sin reflexión metacinematográfica que lo sustente, pero con consciencia de lo que se está haciendo. Una transgresión que llega cuando, simplemente, se es libre.

La maldita primavera (Marc Ferrer, 2017) es uno de esos extraños casos en los que la transgresión no nace de lo metacinematográfico ni de la inconsciencia, sino de la voluntaria intención de jugar sin normas. La cinta no se establece como un ensayo sobre alternativas del lenguaje; los objetivos de la misma están lejos de semejante aspiración intelectual. Lo que Marc Ferrer propone es mucho más sencillo, pero, a la vez, igual de estimulante: la capacidad de convertir el film en una especie de tablero de juego, en el que la complicidad entre equipo de realización y público es clave para que el experimento tenga sentido.

La obra narra las frívolas aventuras de los integrantes del grupo Papa Topo durante el verano de 2016 en Barcelona, entre ligues estivales y ataques alienígenas. El juego es constante y se establece en todos los planos de realización. Lo primero que llama la atención es la mezcla entre realidad y ficción. Los protagonistas se interpretan a sí mismos -sin ir más lejos, la banda musical existe y Marc Ferrer es el director de sus videoclips-, y, a su vez, el relato propone un típico juego de cine dentro de cine, pues estos van a protagonizar una película dentro de este film. Por si esto fuera poco, se establece un paralelismo entre la trama “real” que rodea a la historia de ficción en la que van a participar, lo que supone un diálogo constante entre realidad y ficción -o entre ficción y metaficción-.

La maldita primavera (Marc Ferrer, 2017)

Tras toda esta explicación podría dar la impresión de que La maldita primavera es una cinta que está demasiado pensada, como si se tratara de un ejercicio diseñado al milímetro. Nada más lejos de la realidad: la frescura de sus planteamientos no sólo aborda la construcción del relato, sino la puesta en escena, fundamental para comprender el interés que suscita este film. Básicamente, en esta obra todo está hecho con total despreocupación, y se podría caer en la tentación de tacharla de pobre ejercicio incompetente. Sin tampoco defender que Marc Ferrer sea un virtuoso de la puesta en escena, lo cierto es que todo lo que ocurre ante la cámara tiene lugar por un motivo -que no necesariamente de manera voluntaria-, y este es el de las citadas ganas de jugar. El mejor ejemplo para entender el planteamiento de Ferrer es la escena en la que, a la salida del cine, dos personajes lamentan, con total carencia de emotividad, que se haya puesto a llover, mientras al fondo se observa cómo hace un sol radiante. Para redondear la jugada, se toma la exquisita decisión de colocar a un par de figurantes paseando con paraguas. De esta manera, se establece un juego de complicidad entre el realizador y su público, al que le plantea la posibilidad de cargarse los convencionalismos de representación a cambio de una narrativa libre de ataduras, cuyo máximo objetivo es la autoconsciencia delirante.

La maldita primavera es una de esas obras que parecen inagotables, de esas que en cada nuevo plano encuentran la manera de darle un nuevo giro a la tuerca del estupor. Actores que no se saben las líneas de diálogo y que necesitan la ayuda de sus compañeros para sacar adelante la escena, actuaciones desastrosas, alguna que otra mirada a cámara, fallos de raccord, cortes bruscos de montaje…La lista es infinita, porque todos y cada uno de los estándares de representación, las bases del academicismo artesano, están trastocados. Lo más estimulante de todo ello es analizar a qué se debe y cómo han tenido lugar dichas rupturas con lo establecido. El film es, en su conjunto, un ejercicio de pura autoconsciencia. Todas las personas implicadas en el rodaje son conscientes de lo que está pasando y de cómo va a lucir la cinta. Hay, por tanto, una voluntad de saltarse las reglas. Sin embargo, lo que no hay es un análisis previo para saltárselas de una manera concreta, pues hacerlo implicaría perder toda la frescura del error espontáneo, y el ejercicio carecería de sentido.

La maldita primavera (Marc Ferrer, 2017)

La clave, por tanto, se encuentra en la vitalidad con que cada suceso tiene lugar, entre la orgullosa imperfección y la provocación mamarracha. Es cierto que probablemente los referentes de La maldita primavera -las primeras obras de Pedro Almodóvar y el cine de ciencia ficción de serie B de los años 50- están tratados de manera estereotípica, sin una lectura en profundidad de sus características determinantes, pero, en el fondo, no podría ser de otra manera, pues nada en esta cinta aspira a trascender de ninguna manera. Lo que Ferrer propone es un divertimento lleno de frescura, tremendamente coherente con cada una de sus ideas y su interrelación, el cual, sin haber sido planteado de base, se convierte en un auténtico ejercicio de provocación para las mentes más conservadoras.