Prólogo: de premios honoríficos y marketing

Arranca la 65ª edición del Festival de San Sebastián en el que se han otorgado premios Donostia honoríficos al actor argentino Ricardo Darín, la actriz italiana Monica Bellucci y –cambiando acertadamente, aunque sea de forma puntual, la naturaleza del galardón– a la gran cineasta de origen belga Agnès Varda. Otro reconocimiento se lo ha llevado la montadora navarra Julia Juaniz en el Premio Zinemira, por su extensa carrera en la que ha participado en más de 60 producciones de directores como Carlos Saura, Alberto Morais, Inés Paris o Ramón Barea. También la actriz española Paz Vega toma el relevo como Premio Jaeger-LaCoultre al Cine Latino de Gael García Bernal, quien lo recibiera el año anterior. Una elección como mínimo cuestionable, que deja entrever el carácter abiertamente publicitario y no cinematográfico del criterio de selección. Algo ya criticado históricamente en los premios emblemáticos propios del festival, que parecen querer redimir abriendo su alcance a disciplinas fuera de la interpretación.

<em><strong>Alanis</strong></em> (Anahí Berneri, 2017)

Alanis (Anahí Berneri, 2017)

En Sección Oficial dentro de la primera jornada del festival se pudo ver el nuevo trabajo de la directora argentina Anahí Berneri, Alanis. La protagonista cuyo nombre da título a la película es una madre soltera que ejerce la prostitución, hacinada en un piso que comparte con una compañera a la que de un día para otro encierran acusándola de trata. Alanis, en la calle y con su bebé de año y medio debe hacer frente a una situación insostenible dentro de la miseria en la que acostumbra a vivir cada día. Y ese es precisamente el certero punto de vista con el que desarrolla la historia la directora de Aire libre (2014): el proceso de reafirmación y reconocimiento de una mujer que sabe sobrevivir en una situación extrema de explotación y pobreza en su cotidianidad. Con unas alternativas que resultan hasta cierto punto igual o más degradantes, con las instituciones y sus conocidos dispuestos a ayudar, pero sin asumir sus preferencias o la urgencia de sus necesidades, Alanis únicamente sabe huir una y otra vez de regreso al sórdido mundo que la ha puesto al límite. Un lugar en el que sabe encontrar su sitio seguro, por muy atroz que resulte visto desde fuera.

Con un montaje conciso y una propuesta formal apoyada en la fotografía que aísla a su protagonista de su entorno constantemente, que desenfoca todo lo que no sea su expresión corporal fijada obsesivamente en salir adelante –en su poder de voluntad y responsabilidad hacia su hijo, alternando intuitivamente con su perspectiva sobre lo que la rodea–, Alanis establece de manera rápida y extraordinariamente acertada su aislamiento de la sociedad, su reclusión de un mundo del que no es parte ni individuo de derecho por defecto. Los reencuadres en interiores, la utilización de la estructura de las localizaciones reinciden en una planificación carcelaria. Ella sólo puede expresarse y tomar el control en las relaciones con sus clientes cuando participa en la construcción de las narrativas de dominación y poder que fluyen sobre ella. La gran secuencia de la película es precisamente una en la que se relata desde su recogida en la calle hasta su término el contacto con un cliente. Un espeluznante plano medio de su rostro desconectado de su cuerpo y de las exigencias del hombre que la contrata incluido de fondo sirve para explicar, subvertir y reafirmar la opresión que sufre mientras la canaliza con rabia. Una catarsis que parece la clave para entender sus acciones y decisiones, que por otra parte se plantean con una psicología que debe deducirse de ellas exclusivamente.

<em><strong>Call Me by Your Name</strong></em> (Luca Guadagnino, 2017)

Call Me by Your Name (Luca Guadagnino, 2017)

¿Eres lo que sientes o lo que expresas hacia los demás con tus acciones? ¿De qué sirve sentir si no puedes comunicar lo que te hace único como individuo a los que te rodean y quieren? En la sección Perlas se proyectó Call Me by Your Name, en la que Luca Guadagnino) crea a partir de esta aparentemente simple idea un complejo torbellino de pasión de juventud, exploración de la sexualidad y descubrimiento de la identidad de un adolescente de 17 años a través de su relación con el nuevo ayudante de su padre, que visita su casa de campo en el norte de Italia durante el verano. Guadagnino compone sin pudor una conexión entre la fe judía profesada con discreción por la familia del chaval protagonista que comparte su invitado, la diferente aproximación a sus impulsos sexuales fuera de la norma social aceptada en su contexto histórico, el juego etimológico entre el padre y su protegido o el arte que catalogan y descubren de la antigüedad en sus trabajos. Una alusión cruzada que sirve para elaborar su tesis de cómo la expresión de la identidad –personal, social, religiosa, sexual, cultural– es básica no sólo para construcción de la misma sino para asumir su mera existencia. El reconocimiento de una realidad visible en los otros (del presente, del pasado) y la reciprocidad es lo que nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos.

Pero no hay que perder de vista que el relato en ningún momento quiere dejar de ser una historia de amor de una tremenda sensibilidad, sensualidad y humanismo en un tono ligero que explicita esa ausencia de gravedad real en prácticamente casi todo lo que experimentamos en la vida. Con una narración ágil, la utilización de canciones como vehículo de ambientación y evocación o sus elegantes diálogos –que no caen en la pedantería ni lo hortera nunca porque desprenden una honestidad subyugante–, la recurrencia de espacios y los momentos que se captura en ellos forman poco a poco durante su metraje una acumulación casi inasumible de emociones, miradas y palabras, de cuerpos que se aproximan antes incluso de acercarse. Call Me by Your Name es tan intensa como el primer amor, tan conmovedora como una despedida de un ser amado a quien no sabes si volverás a ver jamás. Y lo consigue sin traicionar su delicioso sentido del humor y la comprensión hacia sus personajes, sus deseos o frustraciones. Ellos siempre son el elemento principal del film, aunque las señas estilísticas del director en forma de travelins y zooms salvajes o elipsis expresivas en las transiciones entre escenas no dejen de estar presentes.