<em><strong>Princesita</strong></em> (Marialy Rivas, 2017)

Princesita (Marialy Rivas, 2017)

Ya en su anterior largometraje, Joven y alocada (2012), Marialy Rivas proponía una incisiva crítica a la religión y sus jerarquías de valores a través de una de sus variantes cuyos acólitos predican el amor mientras no dejan de imponer límites y condiciones que contradicen su dimensión humana. Ahora, en Princesita –película proyectada en esta tercera jornada dentro de la sección Nuev@s Director@s– parece querer escalar este estudio acerca del control que ejercen sobre el individuo al total de su existencia. Tamara es una niña que ha sido elegida por el líder de una secta para concebir a su hijo en cuanto sea fértil (en cuanto tenga su primera menstruación). Ese será el heredero de su legado, que podrá continuar con su trabajo en los terrenos remotos de un bosque en el que los integrantes de su comunidad conviven aislados del mundo. La deslumbrante mentira en la que vive y su reducida visión de lo que la rodea, fuera de cualquier duda, se ve desafiada por la verdadera naturaleza de esa microsociedad en la que ha sido criada toda su corta vida.

El hombre crea a Dios a su imagen y semejanza. Miguel, el líder de la secta en la que ha crecido Tamara, establece perfectamente la estructura entre los miembros de su culto. Una estructura sustentada sobre los cimientos del sometimiento de las mujeres y en cuya construcción participan el resto de hombres y mujeres a su disposición. Los abusos de poder que parecen en principio inofensivos, insignificantes o superficiales son en realidad las muestras de un sistema actuando en pos de su autoconservación. «Tu cuerpo no es tuyo.» Esa lapidaria afirmación que expresa una de las compañeras adultas de Tamara resume perfectamente la situación. Las aparentemente resplandecientes vidas de las jóvenes de la comuna esconden una oscuridad terrible. Una oscuridad que se abre camino en los sueños y comienza a dejar intuir la opresión que experimenta y de la que es testigo a su alrededor de forma consciente e inconsciente.

<em><strong>Princesita</strong></em> (Marialy Rivas, 2017)

Princesita (Marialy Rivas, 2017)

Vuelve Marialy Rivas a llevar el relato a sus límites a través de una concienzuda propuesta formal de manera brillante. El aparente exceso de la cámara lenta cuando captura la feliz cotidianidad de la secta al servicio de transmitir su existencia fuera de cualquier tiempo real, la forzada luminosidad de las secuencias en medio de la naturaleza que provocan una sensación de falso artificio –de mentira oculta a plena vista que el espectador irá descubriendo con la protagonista según avanza el metraje–, el uso de una localización que como paraíso aísla completamente del contacto con cualquier civilización y su cultura. Destaca también la deliberada omisión de la violencia explícita en sus planos, configurando específicamente un horror psicológico que va poco a poco intensificándose. De nuevo la narración se apoya en el uso de una voz en off que permite elaborar con mayor complejidad la psicología del personaje y crear una inmersión abrumadora en su punto de vista y evolución a través del diálogo constante con las imágenes. Nota aparte merece la extraordinaria humanidad y empatía con las que la directora rueda el horror y la experiencia personal del mismo, sin ningún tipo de exhibicionismo.