<em><strong>Una especie de familia</strong> (Diego Lerman, 2017)

Una especie de familia (Diego Lerman, 2017)

El reflejo de una mirada ensimismada en el retrovisor de un coche, la desbordante lluvia cubriendo el parabrisas y las ventanas, el reflejo de una luz mortecina en los cristales y una mujer desesperada, angustiada, indecisa. Así comienza Una especie de familia de Diego Lerman, la película en competición de Sección Oficial con la que se abría esta cuarta jornada de la 65ª edición del Festival de San Sebastián. Un inicio que recuerda por sus elementos, composiciones y colores a una película de Kieslowski, cineasta al que parece evocar en algunos momentos del relato y también en detalles visuales a lo largo de su metraje como una casual plaga de langostas o el decidido enfoque moral de la historia: una médica de clase media de Buenos Aires tiene todo dispuesto para adoptar al bebé que va a nacer del vientre de otra mujer en un hospital de una región pobre del norte del país. Hasta que sus deseos de maternidad entran en conflicto con la falsa apariencia de altruismo que envuelve el proceso.

Una inmensa Bárbara Lennie es Malena desde que entra en plano, tanto física como psicológicamente. Una mujer con un trauma cuya catarsis pasa por formar una familia con el hijo de otra, pese a quien pese sin la aprobación de nadie. Y todas sus buenas intenciones son la oportunidad de que los explotadores de la miseria ajena exijan una compensación que mercantiliza una transacción basada en buenos sentimientos y en el amor. Lerman describe un personaje extraordinario en su reconocimiento de cercanía humana con sus dudas, su debilidad, sus equivocaciones. Pero también con su estoicismo y fuerza de voluntad, además de su capacidad para cuestionarse las exigencias de un entorno social desde el que la imponen su beneficio privado contra el bienestar de un niño recién nacido y de su madre. Una madre víctima accesoria por defecto olvidada e invisible de una industria que se enriquece traficando con seres humanos y aprovechando las imposiciones sociales de obligado cumplimiento.

La cámara sigue con insistencia y obsesión a Lennie en primeros y primerísimos planos, que es cuerpo, alma, emoción y paisaje de los planos largos que la fusionan con la naturaleza en muchos momentos mientras transita por un mundo casi extraterrestre, regido por sórdidas reglas e intrigas desconocidas. La acción siempre pasa por reconocer cada decisión de Malena como un todo –como una acción transformadora del mundo–, pero también reencuadrada en interiores contra unos obstáculos e individuos que parecen inamovibles. La vigencia y actualidad de su premisa en España a partir de la polémica de la legalización de la gestación subrogada y sus obvias consecuencias se sublima con la valiente decisión de convertir el viaje de Malena no sólo en el estudio sobre ella misma sino también en el modelo de sociedad basada en el lucro sobre los más débiles, de los parias que no cuentan para los ciudadanos civilizados y cultos que creen merecen todo por el mero hecho de existir. Un estudio desde el optimismo y la fe en su personaje central que proyecta la esperanza, la posibilidad de un acuerdo tácito de no agresión entre las mujeres víctimas. Las que son a fin de cuentas quienes tienen el poder de cambiar las cosas a través de su sororidad y en favor del valor moral de unos niños ajenos a la decadencia del mundo al que han llegado.

<em><strong>La cordillera</strong></em> (Santiago Mitre, 2017)

La cordillera (Santiago Mitre, 2017)

¿Qué es el poder? ¿Cómo se perpetua? ¿Cuáles son los instrumentos que utilizan para mover en la sombra los hilos? Dentro de las Proyecciones Especiales del Premio Donostia entraba La cordillera (Santiago Mitre), una propuesta en forma de subversivo thriller político y psicológico en el que Hernán Blanco, presidente de Argentina, acude a una cumbre de presidentes en Chile para debatir la creación de una organización trasnacional que puede desequilibrar la balanza de las fuerzas que mueven el mundo. Su situación familiar y la relación con su hija, las intrigas con el resto de participantes en la reunión, las injerencias de potencias extranjeras y extraños sucesos crean poco a poco una inquietante atmósfera de tono malsano según progresa la extrañeza de una situación en la que parece que el único ajeno es el personaje interpretado por Ricardo Darín. Un hombre que ha llegado a su puesto de responsabilidad salido de la ciudadanía. Un hombre corriente sin escándalos o posiciones conocidas en temas polémicos que tiene desconcertado a la prensa y al resto de gobernantes.

Mitre configura una estructura narrativa tejida con tramas y conflictos de personajes inconclusos. Una disolución del relato que sucede en pos de un discurso que emerge de lo global como un lienzo impresionista. Todo encorsetado en los típicos elementos de un –en apariencia film de cine espectáculo, que mantiene compromisos puros con la construcción de una tensión que lleva a saltos continuos al vacío hasta las últimas consecuencias. Una mera secuencia de transición con un automóvil circulando por una carretera, o la llegada del protagonista a un edificio desierto para mantener un encuentro furtivo desvela ese juego con el espectador de manera directa, que se apoya en la banda sonora para realizar sin tapujos su ilusorio cometido. El juego del poder es el mismo poder como juego. Pero los instrumentos para llevarlo a cabo deben ser lo suficientemente sutiles para que nadie se percate de la manipulación al que está sometido como individuo y sociedad al capricho de los intereses de otros.

Mientras a cara descubierta y para la opinión pública las intenciones de los políticos son unas, fuera de campo ideológico y moral suceden los movimientos que justifican las lealtades, traiciones y decisiones. Las referencias al cine de Hitchcock, Pakula y Pollack pueden ser ineludibles, pero aquí el hombre corriente envuelto en una trama conspiranoica de la que es una víctima involuntaria podría ser el mismo espectador. Aunque parezcan distintos, todos son iguales. Y viceversa. La ambigüedad, la discreción, la mediocridad, el sigilo son las armas de los que ostentan la verdadera autoridad para prevalecer aparezca quien aparezca en las portadas de los medios de comunicación y la prensa.