<em><strong>Bushwick</strong></em> (Cary Murnion & Jonathan Milott, 2017)

Bushwick (Cary Murnion & Jonathan Milott, 2017)

Uno de los puntos fuertes de Bushwick (Cary Murnion & Jonathan Milott) es sin duda la gestión del desconcierto y el caos. Su inicio arrollador, su puesta en escena apocalíptica y la falta de información al respecto de lo que está pasando consiguen por un lado sumergir de inmediato al espectador en situación y, por otro, generar una corriente de interés por llegar a descifrar qué está pasando exactamente.

El problema es que la expectativa generada no tiene su correspondencia en el desarrollo posterior: lastrado por su propia inercia el film, se ve prisionero de su arranque y no consigue mantener ni el pulso ni la intensidad inicial. Por si fuera poco, tampoco argumentalmente se resuelve satisfactoriamente, convirtiendo el misterio inicial en un mero survival de ecos políticos poco desarrollados.

Loving Vincent (Dorota Kobiela & Hugh Welchman) puede no ser un producto enteramente redondo, pero se agradece que se quiera ir un poco más lejos del mero experimento y se dote de un argumento que trasciende lo artístico para situarse en el plano de una investigación criminal al respecto de la muerte de Van Gogh. Una propuesta que por su forma y fondo ofrece el mejor de los homenajes al pintor holandés a la par que indaga en la oscuridad de sus últimos días. Quizá en su debe está un metraje un tanto farragoso y un efecto sorpresa formal que se va diluyendo a medida que avanza el film. Aún así, Loving Vincent merece la pena ni que sea por la bocanada de aire fresco que representa.

<em><strong>Marrowbone</strong></em> (Sergio G. Sánchez, 2017)

Marrowbone (Sergio G. Sánchez, 2017)

La estrategia formal empleada por J.A. Bayona puede gustar más o menos, pero es innegable que funciona y por ende es evidente e inevitable el surgimiento de imitadores y discípulos. Este es el caso de Sergio G. Sánchez, guionista de Bayona, que con Marrowbone debuta en la dirección. Todo está ahí: el tipo de plano y puesta en escena, la búsqueda incesante de emotividad a base de música subrayante e invasiva, pasajes (presuntamente) poéticos en lo visual… En definitiva, Marrowbone puede resultar monótona, poco original temática y formalmente pero –especialmente en su primer tramo– en ningún caso un film desdeñable.

El problema fundamental llega con el guión, que se aboca a un callejón sin salida argumental y cuya resolución desvirtúa por completo lo visto anteriormente. No hablamos de un twist final que complemente a la historia –como por ejemplo en Múltiple (M. Night Shyamalan, 2016)–. En este caso en el giro subrepticio se halla la clave de todo el edificio y lamentablemente su endeblez tira abajo todo el andamiaje anterior. Es por ello que Marrowbone es un caso de film autosaboteado desde la base, desde los cimientos, y que deja un poso muy cercano a sentir vergüenza ajena cuando no a tomadura de pelo mal resuelta.

El espinazo del Diablo (2001) de Guillermo del Toro abría con la siguiente reflexión: «¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez. Un instante de dolor quizá. Algo muerto que parece por momentos vivo aún. Un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar. Un fantasma, eso soy yo.»

Curiosamente, A Ghost Story de David Lowery se encarga de desarrollar y ampliar estos temas en un film de apariencia de género pero que se enfoca hacia un drama de tintes reflexivos. Sí, esta no es una historia de fantasmas en lo estrictamente literal sino más bien una reflexión poética sobre el paso del tiempo, sobre los que se han ido, los que quedan y los que vendrán. Un film que a través de la visión de un fantasma tan icónico como expresivo nos habla de la soledad, del nacimiento y muerte del amor, de un mundo que cambia, muta, muere y renace de sus cenizas interpretando sus dramas una y otra vez.

Lowery firma un film de maneras delicadas, pausadas, con un formato que nos remite por un lado a Instagram y por otro a esas antiguas grabaciones caseras, logrando así la calidez de la cercanía, la vivencia directa del dolor, la vida y la muerte en sí mismas.