Carlos Pumares durante su época en el programa <strong>Polvo de estrellas</strong> de Antena 3 Radio.

Carlos Pumares durante su época en el programa Polvo de estrellas de Antena 3 Radio.

Es la una y media de la madrugada de un día del año 1991. Acaba Supergarcía en la hora cero y suena la sintonía de Polvo de estrellas. La voz avinagrada de Carlos Pumares resuena en la oscuridad de mi habitación. Sí, es la una y media de la madrugada y al día siguiente entro en el instituto a las ocho. Pero qué más da. El tándem García-Pumares me tiene tan fascinado que las horas de sueño no importan.

Está Carlos advirtiendo a la audiencia que va a explicar por última vez lo de la cámara en la flecha de esa nefasta película con Kevin Costner llamada Robin Hood: Príncipe de los ladrones (Kevin Reynolds, 1991). Primera llamada de la noche y lo que debiera ser un trol de la época –cuando nadie les llamaba así– pregunta exactamente por la flecha de marras. Carlos ni lo duda: cuelga ipso facto y con voz entre lacónica y enfadada da paso al siguiente oyente.

Esta es sólo una de las múltiples anécdotas que recuerdo de Polvo de estrellas. Comentarios jocosos, enfados, cortes y mala leche que me hacían reír sin parar. Cierto. Pero también estaban los especiales veraniegos del monolito, el cariño cuando se le mencionaba alguna película de su agrado, la sabiduría enciclopédica al respecto de cualquier película que se le mencionase.

Sí, Carlos Pumares me enseñó no sólo a ser aficionado al cine –cosa que ya venía de tradición familiar– sino a tener espíritu crítico, a no conformarme con cualquier cosa que me ofreciera Hollywood, a desconfiar, a usar la palabra “infecta” para definir películas que no me agradaran. Pero, sobre todo, Carlos me enseñó a que detrás de una actitud de gruñón cinéfilo empedernido había un amor incontestable por ver películas, por comentarlas, por disfrutar de la experiencia más allá del mero ocio de entrar en una sala a matar el rato.

Recuerdo la primera vez que coincidí con él en un festival. En Sitges. El lugar: el más inapropiado, el lavabo. Recuerdo estar allí, ver a Carlos ponerse a mi lado y entrarme un temor reverencial. ¿Cómo podía dirigirme a él allí, en esa situación? Así que no lo hice. No fue hasta el año siguiente que lo saludé como si tal cosa y como si me conociera de toda la vida se puso a explicarme anécdotas, su incredulidad ante el cambio de nombre de festival y algo de la peli que íbamos a ver.

Con el paso de los años la charleta con Carlos en las colas se ha convertido en tradición. Su habilidad para colarse, para ponerse debajo del paraguas porque está lloviendo… mil excusas, siempre bien recibidas, para dar rienda suelta a su proverbial mal genio y deleitarnos con tantas y tantas  historias jugosas que siempre tiene en el tintero. Mil excusas, las mías, para pasar un rato con el genio.

Sólo hay una cosa que en todo este tiempo no ha cambiado: mi imposibilidad de decirle que yo estoy en esa cola gracias a él. Que perdí sueño pero gané conocimiento, amor y pasión por el cine. Que sin él probablemente nunca sabría lo que sé ni hubiera tenido interés en saberlo. Que es un genio, un referente, mi ídolo y mi maestro. Sitges hoy le rinde homenaje y yo desde mi modestia también. Gracias por todo, don Carlos Pumares.