<em><strong>Brimstone</strong></em> (Martin Koolhoven, 2016)

Brimstone (Martin Koolhoven, 2016)

Brimstone (Martin Koolhoven) a primera vista parece recoger el guante de esa nueva oleada de neowestern que ya dejó su huella con Bone Tomahawk (S. Craig Zahler, 2015) o The Salvation (Kristian Levring, 2014). Decimos aparentemente porque –aun respetando los códigos genéricos del western– Brimstone es básicamente una película de terror o, al menos, lo terrorífico está en la base de toda su propuesta. Da la sensación, a tenor de lo visto también en The Killing of a Sacred Deer (Yorgos Lanthimos, 2017) y Thelma (Joachim Trier, 2017), que lo bíblico está muy presente en esta edición del festival y Brimstone así lo confirma.

Estructurada en capítulos que parecen pasajes de la Biblia, la película se desliza hacia territorios lindantes con el psychothriller, con sus espantos religiosos y un predicador que rima con el de Robert Mitchum en La noche del cazador (Charles Laughton, 1955).  Y si bien consigue momentos de espanto sexual, de horror religioso y de tensión contenida, también se ve lastrada por una duración más propia de un sermón de misa de domingo, lo que hace del film una irregular combinación de visceralidad y meditación intelectualizada.

<em><strong>Stephanie</strong></em> (Akiva Goldsman, 2017)

Stephanie (Akiva Goldsman, 2017)

En el otro lado del espectro cinematográfico nos damos cita con Stephanie de Akiva Goldsman. Lo mejor que se puede decir de ella es que es un film plenamente consciente de su condición de pequeño artefacto de género, de ser una serie B con aroma a film de los de antaño. Una condición que explota perfectamente en el primer tercio del metraje creando tensión e incógnita. Por desgracia, el pulso no se sabe mantener por la necesidad de resolver lo planteado a base de tópicos, giros y un argumento que flojea por su inconsistencia. Un film, pues, que se puede ver –valorar por su honestidad–, pero que no consigue explorar sus subtextos  y se conforma con su condición de terror de matiné.

Poco se puede achacar a My Friend Dahmer (Marc Meyers) en cuanto a sus recursos formales. Bien planteada, narrada e interpretada, la película explora desde una perspectiva a ratos simpática, a ratos estremecedora, la génesis de uno de los asesinos en serie más terribles (y famosos) de la historia americana. Su curiosa mezcla improbable de biopic, cine high-school y horror funciona en cuanto hay un esfuerzo por profundizar en los personajes, sin caer en tremendismos dramáticos o flashforwards que traten de reforzar y establecer vínculos con lo que estamos viendo. Sin embargo –y a pesar de todo ello–, hay un riesgo mínimo en las estructuras, en el manejo de la cámara. Y ello deriva en una narración plana, monótona, que no acaba de dar el paso para explorar territorios más inquietantes, más psicológicos. Por ello, My Friend Dahmer acaba siendo casi un desangelado producto que se acerca peligrosamente a una factura telefílmica, restando finalmente cualquier tipo de interés o de empatía por lo que se nos está contando.