Marialy Rivas, directora de <em><strong>Princesita</strong></em> (2017)

Marialy Rivas, directora de Princesita (2017)

Su anterior largometraje, Joven y alocada (2012), recibió el World Cinema Screenwriting Award en la categoría de drama en la edición de Sundance de ese año y además fue seleccionada por su organización para un taller de escritura con el que impulsar su siguiente proyecto. Marialy Rivas (Chile, 1976) presentó en la 65ª edición del Festival de San Sebastián su nuevo largometraje Princesita dentro de la sección Nuev@s Director@s. Con ella pude hablar de los orígenes de su nueva propuesta, de su perspectiva respecto a la religión y la mujer en el mundo tan fuertemente integrados en el discurso de sus películas, de cómo enfoca la representación de la violencia y el uso de los distintos recursos cinematográficos durante su proceso creativo.


Ramón Rey: Han pasado ya cinco años desde el estreno de Joven y alocada (2012), que se llevó un premio en Sundance y también fuiste seleccionada para un taller de escritura. ¿Fue allí donde surgió Princesita tal cual la conocemos?

Marialy Rivas: La idea la tenía porque había leído una noticia en el diario que hablaba de una familia que la tenía una secta religiosa, que tenían a esta niña y que decían que esta niña iba a ser la encargada de traer al mesías que iba a salvar el mundo. Y eso a mi me llamó inmediatamente la atención y de ahí me inspiré para hacer la película.

R. R.: ¿Ha resultado complicado sacar adelante el proyecto? Cinco años es mucho tiempo. Hubo un foro de coproducción de por medio ¿realmente ha sido difícil encontrar los recursos o ha sido algo artístico?

M. R.: Ha sido un tema artístico yo te diría. De partida nos ganamos el dinero rápido, pero yo quería seguir madurando el guión y una vez filmada la película pasó que nos faltaron como cuatro jornadas. Entonces decidimos ponernos a montar antes de filmar el resto de las jornadas. Entre el primer rodaje y el resto pasaron como ocho meses. Y después estar en montaje con todo el material, también estábamos ahí concentradísimos. Y como es un material denso y duro, a veces paramos. Yo me fui a estudiar entre medias a Nueva York tres meses, porque no lo podía soportar. A mi Miguel me hablaba en sueños: me decía “haz esto”, “dile a los productores que no sé qué”… como que tomó una vida esa oscuridad. Yo he tenido la suerte de no tener que enfrentarme a la oscuridad en mi vida. Fue muy duro para mí tener que mirar esta maldad a la cara y como que te empieza a colonizar la vida. Había veces que parábamos con el montaje, decía “no puedo más, necesito no saber de esto en dos meses, porque me siento como debajo de una nube oscura y yo no puedo con esto”. Era como entrar y salir, entrar y salir a respirar, lo que pasaba.

R. R.: En Princesita parece que has querido hacer una panorámica más amplia de estos temas religiosos que ya tratabas en tu anterior film. En este caso cómo afecta que aparezca una jerarquía de valores que te promete abrir tu mente –conocer la verdad– para en realidad oprimirte como persona. Es un tema que parece te interesa mucho para explorar.

M. R.: Es que me parece que para mí las religiones son sectas que les fue bien, no más. No tienen ninguna diferencia. Algunas tienen más seguidores, pero son básicamente una secta. Y lo que me atrajo desde el primer momento de esta historia (y que para mí lo hace Miguel) es que construye un universo, construye un relato y narra la vida desde un lugar. Y creo que nosotros, la sociedad judeocristiana en la que vivimos, aunque uno no sea religioso, igual vive bajo ese relato de la construcción del mundo, bajo ese sistema de valores donde además siempre viene desde una masculinidad avasalladora ese relato. Porque imagínate que si uno observa la naturaleza sale un bebé de adentro de una mujer, ya no hay nada más claro que esa imagen. Sale un humano de adentro de otro humano. La creación de la vida pasa sí o sí por lo femenino. Sin embargo el relato religioso es tal que construye un hombre creador que con un soplo de vida construye a otro hombre y recién de ese hombre saca una costilla y sale una mujer. Entonces a mi me sorprende mucho que vivimos como en una fantasía que crearon unos hombres en algún momento y todos estamos inmersos adentro y a mi lo que me interesa es derribarlo, romperlo, cuestionarlo. Y que es lo que hace mi personaje y que es lo que trato de hacer yo en mi vida en cada momento.

Marialy Rivas durante el rodaje de <em><strong>Princesita</strong></em> (2017)

Marialy Rivas durante el rodaje de Princesita (2017)

R. R.: En Joven y alocada hablabas mucho de la sexualidad y en esta hay una conexión muy directa con conceptos del patriarcado. Ese momento en que la mujer francesa le dice “tu cuerpo no es tuyo”, no hay nada que simbolice más tu película y estas ideas. 

M. R.: Me pareció que la noticia original tenia en su centro una historia que una metáfora de la historia de todas las mujeres. No todas las mujeres las abusan siendo niñas, sin embargo todas las mujeres vivimos bajo este mundo construido desde lo masculino, respondiendo a expectativas, donde las mujeres somos un vehículo de los objetivos de lo masculino. De lo masculino, no de los hombres. No de “los hombres son malos y las mujeres son buenas”. No es el punto. Sino que la construcción del universo que habitamos hoy está diseñada así. Y siempre me llamó la atención pensar “wow, qué impresionante que esa familia no ve que esta niña puede tener su propio deseo, su propio sueño” y eso traté de traspasarlo a toda la película, porque me parece que es una metáfora de lo femenino. Por eso es que la película también no es realista. Como más un cuento, una advertencia, como así “pongan ojo acá”.

R. R.: Eso es algo que está muy presente en cómo cuentas tus historias a partir de un único personaje sobre todo lo que le rodea. Tratas también el cine así. Tus historias son las historias desde un punto de vista concreto y por eso tienen tanta fuerza luego como experiencia compartida.

M. R.: Me imagino. ¡Si te parecen que tienen fuerza, qué bueno! Yo creo que igual el cine moderno hace eso. Hoy en día la gracia es poder viajar con el punto de vista de un personaje. Siempre se ha dicho que el cine es una máquina de empatía y yo lo creo profundamente. ¿Qué otra manera hay de ponerte tan en los zapatos de otra persona? Yo trato de usar las herramienta puramente cinematográficas como puede ser la cámara lenta, un diseño de sonido, un color, un uso de un lente u otro lente, un desenfoque, … todo lo que esté a mi mano, toda la paleta, las herramientas y los colores que tengo para poder conectar al espectador con la historia.

R. R.: Se nota además que están elegidos de una forma muy precisa esos recursos. ¿Empiezas a darles vueltas ya desde guión?

M. R.: Una mezcla, es curioso. Yo confío bastante en la intuición. En eso dejo que mi lado femenino viva todo lo posible. Confío más en la intuición que en la razón, te diré. Entonces no sé, a mi me pasaban cosas que estaba en el rodaje y al segundo día dije “quiero filmar toda la película en cámara lenta”. Después veo qué parte dejo en cámara lenta, qué no. Que la voz en off susurrada nació por otras razones. Todo lo voy encontrando. Pareciera siempre que uno tiene las cosas como muy estudiadas y puestas en cuadrado, pero yo siento que un cineasta es como un astronauta que se mete a flotar en un lugar y va encontrando. Porque al final es arte igual y el lado artístico del cine es el que reviste misterio incluso para uno como creador. Entonces te vas encontrando con las cosas, las vas intuyendo, las vas usando, las vas poniendo ahí en el lienzo. Igual es un lienzo al final la película.

<em><strong>Princesita</strong></em> (Marialy Rivas, 2017)

Princesita (Marialy Rivas, 2017)

R. R.: Has comentado el uso de la cámara lenta que da esa sensación de personajes fuera de tiempo, como el uso de la luminosidad tan apabullante como traducción de esa mentira en la que vive la protagonista. También trabajas mucho la textura de la imagen con los colores, por ejemplo en esos sueños horribles y visiones que tiene Tamara tan poco “realistas”.

M. R.: Eso fue algo que aprendí entrevistando a mujeres abusadas, que me llamó a mi mucho la atención que dijeran. Si bien un abuso sexual a uno le parece como algo tan concreto, porque son un cuerpo arriba de otro como alguien haciendo algo que tú no quieres. Pero la psiquis como se necesita proteger, cuando le pasa a un niño se escinde la mente y le quedan como retazos, como que piensan que lo soñaron, piensan que se lo imaginaron. Entonces se acuerdan de fragmentos y a mi eso me caló muy hondo y de ahí nacieron esta especie de “sueños de abusos” le digo yo. Pero es porque así lo experimentan las víctimas cuando son niños. Era un poco como honrar esa experiencia. Se acercó una mujer joven en Toronto cuando vio la película y me dijo “a mi me pasó algo similar. Nunca había visto que se reflejara si en el cine, te lo agradezco. Así es como se siente.” Entonces fue como, ¡wow!

R. R.: La localización del bosque ayuda muchísimo a crear esa sensación de aislamiento del exterior ¿estaba pensando así de principio?

M. R.: Sí, quería siempre que fuera un paraíso. A mi siempre me ha parecido que el sur de Chile es hermoso. La historia original sucedió en el sur de Chile y quería que ellos estuvieran superaislados en su propio miniparaíso y ver que debajo de ese paraíso estaba el infierno más horroroso.

R. R.: Me llamó la atención ese movimiento de cámara que haces cuando arrastran a Tamara para separarla del chico con el que intenta tener sexo, que transforma la violencia física de la escena en una psicológica, como en el resto de la película. 

M. R.: Nunca quise hacer nada explícito, porque estaba trabajando con niños. Me parecía como que ya es tan fuerte que ¿por qué tenías que además torturar a la gente, a los espectadores con algo más violento que eso? Y aparte, yo creo que los espectadores son mucho más genios que uno y que pueden construir lo que pasa. No es necesario darle todo porque ¿para qué? Si lo que vive adentro de cada uno es mucho más fascinante que cualquier cosa que yo pueda filmar o inventar.

<em><strong>Princesita</strong></em> (Marialy Rivas, 2017)

Princesita (Marialy Rivas, 2017)

R. R.: Un detalle que destaca en tus películas es el uso de la narración con voz en off, un recurso difícil de utilizar. En Joven y alocada lo usabas con un sentido muy irónico y aquí para potenciar mucho más el punto de vista de la protagonista. ¿Cómo te lo planteas?

M. R.: Me sale natural porque yo tengo una conversación interna conmigo todo el día siempre. Entonces, como que para mí el mundo lo veo siempre con una voz hablándome o yo misma conversando conmigo misma siempre. En el caso de Joven y alocada, como existía Camila (Gutiérrez) –que es la verdadera “joven y alocada”– y a mi lo que me había fascinado era como ella escribía, se me hizo muy natural que su voz llevara la película, porque es tan graciosa y dice cosas tan divertidas que casi que yo me sentaba a reírme de las cosas que hablaba el personaje. Porque también construyó esa voz en off para el personaje. Y en el caso de la niña esa voz en off yo se la pedí a una dramaturga que se llama Manuela Infante. Siempre cuidando los límites, que no se sobreliterarizara. Que puede ser un problema, porque es cine al final.

Pero como es un personaje que está muy callado, tiene pocos diálogos, pero tiene este mundo interno supergigante, rico, … que susurre es para mí porque tiene miedo. Te está contando un secreto que no puede decirle a nadie, que apenas se atreve a decirse a si misma. Entonces me parecía que era adecuado. Obviamente probábamos cuándo ponerla, cuándo sacarla. Los beats de la película… porque es como música al final. Es como que si llenas la película de música se termina uno haciéndose inmune a la música y no la oye. También son tonos de color… yo creo que igual veo las películas como una pintura. Digo “voy a agarrar el rojo y lo voy a poner aquí, pero no puede ser mucho o si no va a llamar mucho la atención”. Todos los elementos audiovisuales son para eso. No se puede abusar de la cámara lenta, porque si no uno ya no lo ve, no se puede abusar de la voz en off, … pero cada cosita va encajando para dejar el cuadro listo.

R. R.: A Tamara, la protagonista, le dice en cierto momento Miguel que todo lo que desea lo puede hacer realidad. Es un poco la expresión irónica de la tesis de la película de que la fuerza de voluntad individual está por encima de todas esas presiones externas.

M. R.: Yo soy una optimista, creo mucho en el ser humano. Sé que somos capaces de cosas horrorosas, pero también de cosas hermosas. Y creo en la resiliencia, creo en sanarse. Tal vez porque vengo de un país que tuvo una dictadura horrorosa: igual se sana de una presidenta que la torturaron y la mataron al papá, igual dirige todo un país con mucho amor. O simplemente que veo el vaso medio lleno siempre, pero elijo ese relato porque creo en él de verdad. Creo que las personas se pueden recuperar de las cosas que le pasen e ir adelante siempre. A pesar de que esta película es dura, igual la niña se libera y logra realmente hacerse cargo de su vida y tener poder de hacer todo lo que quiere, como tú dices.

(Entrevista realizada el 24 de septiembre de 2017)