<em><strong>Laissez bronzer les cadavres</strong></em> (Hélène Cattet & Bruno Forzani, 2017)

Laissez bronzer les cadavres (Hélène Cattet & Bruno Forzani, 2017)

Enfrentarse a un film de Hélène Cattet y Bruno Forzani supone siempre un riesgo si no se conecta con su cine de carácter deconstructivo. Su revisión del giallo a través de la reducción conceptual de sus imágenes puede gustar más o menos, pero se les reconoce el esfuerzo y el riesgo de ir más allá del género, buscando su esencia. Laissez bronzer les cadavres supone el intento de ir más allá del giallo –aunque cierta iconografía sigue presente– y adentrarse en el polar pasado por el filtro del spaghetti western.

El principal problema del film se encuentra en que los directores no acaban de encontrar el pulso ni el atrevimiento necesario para tirar abajo todo el andamiaje narrativo, dejando al film como una especie de monstruo híbrido entre lo convencional y el experimento conceptual. Por ello, Laissez bronzer les cadavres nunca acaba de funcionar como producto compacto, funcionando sólo a medias a base de ráfagas de inspiración y hallazgos visuales puntuales.

Arder (David González Rudiez) supone unos de esos experimentos capaces de despertar cuando menos cierta curiosidad. Y es que quitarle la banda de sonido al producto produce cierta incógnita sobre el resultado final. Una vez visionado, no cabe duda que el viaje al infierno personal en contrastado blanco y negro que nos ofrece el film supone una ardua y árida experiencia, tanto por el formato como por el relato. No obstante, la ausencia de sonido permite crear una atmósfera inmersiva que, por un lado, permite centrar el foco de observación en lo visual y, por otro, da pie a rellenar mentalmente el sonido ausente. Arder acaba siendo, pues, un ejercicio arriesgado que consigue en ser muchas películas –tantas como espectadores visionándola– y por ello, y casi por sorpresa, resulta una experiencia altamente satisfactoria.

<em><strong>Caniba</strong></em> (Verena Paravel & Lucien Castaing-Taylor, 2017)

Caniba (Verena Paravel & Lucien Castaing-Taylor, 2017)

Con Caniba se completa una jornada de cine que bordea los límites de los experimental y que en este caso, de la mano de Verena Paravel y Lucien Castaing-Taylor, nos acerca a la mente perturbada de Issei Sagawa, detenido en París en 1981 por asesinato y canibalismo. Para ello se nos propone un juego donde se nos acerca al sujeto mediante primerísimos planos que, paulatinamente, se desenfocan metaforizando el desdibujamiento de la cordura y el aislamiento del mundo real del protagonista. Una propuesta que pierde fuerza rápidamente, al necesitar abruptamente de videos porno caseros, found footage familiar y una deriva argumental consistente en prestar más atención al –igualmente perturbado– hermano del sujeto estudiado.

Caniba acaba siendo un producto agotador por un metraje que renuncia a la síntesis y que –aún teniendo ciertos hallazgos como la secuencia manga– acaba por deslegitimar su intención de mostrar el horror en su estado más profundo al tomar decisiones ciertamente discutibles, como sus créditos finales en formato karaoke. Algo que sume al conjunto en lo contrario a lo espeluznante y lo deja en meramente obvio y risible.