<em><strong>Killing Ground</strong></em> (Damien Power, 2017)

Killing Ground (Damien Power, 2017)

Un paraje idílico, una pareja en busca de romance y tranquilidad. Un lugar accesible pero al mismo tiempo inhóspito y la aparición de la crueldad y la inhumanidad dispuesta a arruinarlo todo. Un base argumental ya mil veces vista y por tanto poco sorpresiva en el subgénero survival. Todo ello lo encontramos en Killing Ground (Damien Power) y por tanto aparentemente asistimos a un film que hace de la rutina su razón de ser. Si bien es cierto que hay algo de todo, también hay que destacar que estamos ante un producto que ofrece una buena dosis de sorpresas –esencialmente en lo formal– que elevan su nivel considerablemente. Especialmente la fragmentación narrativa, con dos líneas temporales simultáneas, ayuda a una mayor y mejor composición y comprensión dramática. Si a ello le añadimos una inusitada preferencia por la sequedad (sin excesos sangrientos) en su violencia y una amoralidad flagrante (al no buscar excusas para su realización) concluimos que estamos ante un film notable, a pesar de cierto déjà vu argumental.

A Silent Voice (Naoko Yamada) debería ser proyectada sin lugar a dudas en cualquier instituto. Su valor educativo, su forma de enfocar sin tapujos el acoso escolar y cómo superarlo, merece ponerla en consideración ni que sea por su utilidad didáctica. No obstante, siempre teniendo en cuenta el marco cultural (japonés) donde se desarrolla, el film adolece de un sentimentalismo que por momentos bordea lo cargante, esencialmente en su tramo final, alargado innecesariamente, que explota –y curiosamente banaliza– los aspectos más dramáticos de su argumento en una sucesión de giros y regiros en la trama que, por un lado, subrayan una y otra vez conceptos ya aclarados y, por otro, disminuyen por su reiteración el interés que el film pudiera despertar.

<em><strong>The Lodgers</strong></em> (Brian O’ Malley, 2017)

The Lodgers (Brian O’ Malley, 2017)

Cerramos el Festival con The Lodgers, un cuento gótico que cuenta con dos bazas a tener en cuenta: su prodigiosa e impecable ambientación y la magnética interpretación de su protagonista femenina. Por desgracia esto es (casi) lo único que ofrece el film de Brian O’ Malley, ya que –a pesar del esfuerzo por conseguir una factura impecable y un discurso entendible y coherente– al final nos encontramos con una cuerpo argumental muy endeble, lánguido sin apenas nada que permita seguir la película con interés. A pesar de contar, pues, con un fondo macabro, perverso y tortuoso, no se consigue en ningún momento explotar los subtextos latentes de la trama. Sexualidad, conflicto histórico, superstición, temas que “flotan” como fantasmas durante todo el metraje, pero que nunca llegan a la profundidad necesaria requerida. Una película fallida que, por no dejar, no deja ni mal sabor de boca, sólo la inanidad del bostezo indiferente.