<em><strong>Morir</strong></em> (Fernando Franco, 2017)

Morir (Fernando Franco, 2017)

La segunda jornada del festival albaceteño arrancaba con la proyección de Morir –premiada a Mejor Película Joven Abycine–, el segundo film de Fernando Franco (La herida, 2013), inspirado libremente en la novela homónima de 1895 de Arthur Schnitzler en la cual se relata el proceso que ha de sufrir una pareja de mediana edad al descubrir la repentina enfermedad terminal que acabará con la vida de Luis –interpretado por Andrés Gertrudix–. Lo que conlleva los progresivos cuidados y tratamientos por parte de Marta –una soberbia Marian Álvarez–. Un sobrio y preciso relato sobre la agonía física y existencial que cada uno a su manera padecen, siendo ella la que lleva el peso de la narración al ver su vida truncada por la irremediable enfermedad de su pareja, al que tendrá que cuidar y apoyar hasta el último momento. Un tour de force del que intentará encontrar la manera de evadirse de la trágica realidad, luchando por negar la evidencia, ocultándoselo a los demás, reaccionando al dolor y al sufrimiento desde la contención. Y, por el camino, ambos pierden parte de sí mismos: él luchando físicamente con la muerte y ella dejándose morir en vida.

Al contrario de lo que a priori nos puede suscitar su argumento, Morir no centra exclusivamente su discurso en la simple contemplación de una enfermedad letal, sino que esa es la excusa para elaborar un estudio psicológico acerca de los comportamientos humanos en ese determinado tipo de situación, cuando lo inevitable se presenta en nuestras vidas para cambiarlo absolutamente todo. Donde las emociones se tornan en contradictorias y nuestros deseos generan confusión al desear, en cierto punto, que el final llegue cuanto antes y termine con el sufrimiento y el sacrificio. Para ello, Franco opta por tratar la muerte de forma visceral, retratando el arduo proceso de despedida de un ser querido y la disposición moral a la que se debe estar sujeto para afrontar y canalizar los sentimientos propios y ajenos. La sobriedad del plano y el naturalismo de su puesta en escena cumplen con la función de mostrar extractos de vida, con crudeza, sin elementos narrativos ni visuales que interfieran en captar la verdad, sin música extradiegética que conduzca las emociones del espectador. Sólo dos actores de método que se dejan la vida con sus personajes. Lo demás debemos componerlo e intuirlo nosotros, como se intuye la realidad latente fuera del cine. Tras la muerte, un conmovido público aplaude por la agonía que ha concluido, la suya y la del relato. “Es hora de pasar página y continuar”, es lo que nos viene a la mente cuando los títulos de crédito inundan la oscura pantalla.

<em><strong>El club de los buenos infieles</strong></em> (Lluís Segura, 2017)

El club de los buenos infieles (Lluís Segura, 2017)

Cambiando completamente de registro y de tono, asistimos al pase de El club de los buenos infieles (Lluís Segura, 2017) dentro de la sección Abycine Presenta con la sensación previamente infundida de ver una de tantas películas de producción española que tratan los conflictos matrimoniales con actitudes inmaduras que provocan una comedia banal y simple con gags sacados de cualquier sketch manido e intrascendente. Y así fue. Aunque a su favor hemos de decir que los adjetivos anteriormente citados serían más exactos si el presupuesto del film hubiese sido acorde a las primigenias exigencias del guión, ya que Segura tuvo que adaptarlo a una producción de muy bajo presupuesto –60000 euros para una película que exigía un millón–, lo cual le otorga cierto estatus autoral y lo distancia de lo que se hubiese convertido en un film comercial más en busca de triunfar en taquilla.

Las constantes referencias a cámara con monólogos de los personajes cumplen la función de explicar ciertas actitudes y situaciones que por falta de recursos no se pueden representar a través de acciones. Lo cual hace que se genere un grado de comedia más audaz e implique al público en un juego de confrontación de ideas por momentos divertido e interesante, con un reparto de caras conocidas como Fele Martínez, Jordi Vilches o Adrián Lastra que mantienen su vis cómica a lo largo del metraje como manera de paliar las fisuras de un argumento a ratos increíble, a ratos ridículo, que trata la infidelidad como forma de solventar el deseo conyugal con unos comportamientos estereotipados de unos hombres agotados de su vida matrimonial. Y así, irremediablemente, la cinta va cayendo en la simple representación de clichés, incluso con escenas de mal gusto –algunas de cierto hedor machista– para, en la resolución, denunciar ese tipo de actitudes con una burda reflexión en la que a través del arrepentimiento se intenta justificar todo lo anterior.