<em><strong>La vida y nada más</strong></em> (Antonio Méndez Esparza, 2017)

La vida y nada más (Antonio Méndez Esparza, 2017)

No cabe duda de que esta edición del Festival de Cine de Albacete ‒potenciado por su sección Contra el muro‒ ha sido representada por cineastas españoles comprometidos con causas globales, demostrando que en el cine no existen fronteras que impidan tratar temas de diversas índoles a nivel internacional. Si el otro día hablábamos de la visión de una inmigrante española en la desesperanzadora Nueva York (Most Beautiful Island, Ana Asensio, 2017), hoy debemos comentar la película ganadora del Premio Abycine Indie ‒el más relevante del festival‒, dirigida por el madrileño Antonio Méndez Esparza, que trata la problemática de la comunidad afroamericana en los Estados Unidos. Lo cual nos puede resultar extraño si no fuese porque ha vivido y se ha formado durante más de una década en América y a través de su inmersión en el país y las relaciones con los residentes ha conseguido alcanzar un elevado grado de conocimiento sobre sus costumbres, pudiendo así plasmarlas con honestidad en su cine. Ya en su ópera prima retrataba el drama de la inmigración (Aquí y allá, 2012).

La vida y nada más narra un período de la vida de Regina, una madre soltera de raza negra que lucha desesperadamente por sacar adelante a sus dos hijos, teniendo que lidiar con los problemas ocasionados por su hijo mayor, que se ve envuelto en conflictos con la justicia debido a su problemático comportamiento. Además, la ausencia de una figura paternal y la precariedad laboral y económica por la que atraviesan conforman un estado de supervivencia, viviendo cada día entre el desasosiego, las fuertes discusiones, la tristeza y la rabia que se va enquistando en sus caracteres. Esparza retrata fielmente y con total verismo una atmósfera ubicada en el neorrealismo, demostrando que con actores no profesionales ‒oriundos del lugar donde transcurre la historia‒, la quietud de un plano y una puesta en escena en pos de la verdad se puede difuminar casi por completo la línea que separa la ficción de la realidad. Resultando imperceptible para el espectador comprobar en algunos casos la naturaleza real de unas escenas que van transcurriendo con un ingenioso uso del montaje, con elipsis que nos excluyen de ser testigos de la violencia explícita, pero que verbalizada por sus personajes a posteriori nos crea mayor incertidumbre si cabe.

En definitiva, el film no es ni más ni menos que una mirada honesta y limpia al lumpen de un país que presume de ser el más próspero del planeta –aunque se podría extrapolar a cualquier otro lugar–, invitándonos a convivir con sus gentes durante el tiempo que dura el metraje, descubriendo su lenguaje coloquial, sus expresiones y sus rituales cotidianos. Viajamos desde nuestra butaca, cada vez más incómoda, a sufrir lo que significa estar en riesgo de exclusión social. No hay estudio sociológico, sólo hay una verdad incuestionable que inevitablemente nos lleva al análisis y a la crítica de la clase política que hoy en día más que nunca amenaza la estabilidad de este tipo de colectivos.