<em><strong>El mar nos mira de lejos</strong></em> (Manuel Muñoz Rivas, 2017)

El mar nos mira de lejos (Manuel Muñoz Rivas, 2017)

Sísifo, según la mitología griega, fue castigado eternamente por engañar a la muerte con tener que empujar un pesado bloque de piedra hasta lo alto de una montaña de gran pendiente en el Inframundo. Justo antes de llegar a la cumbre –y para provocar una frustración inconmensurable con este trabajo sin objeto alguno–, la roca caería de nuevo una y otra vez hasta el comienzo del trayecto por la ingeniosa maldición de Zeus. En varias secuencias de El mar nos mira de lejos (Manuel Muñoz Rivas, 2017) se observa a uno de los habitantes de las dunas de Doñana retirando paciente y repetídamente, con pala y carretilla, montones de arena que intentan apropiarse de su hogar. Él es uno de los pocos individuos que habitan en la zona en la que supuestamente descansan enterrados bajo la arena los restos de Tartessos, la ciudad perdida que sería considerada por los griegos cuna de la civilización. Dos mitos conectados por miles de años de historia. Una historia que con el paso del tiempo y la acción de los elementos da paso al olvido. No por su actitud impasible para quienes allí viven, transitan y consideran su hogar, a pesar de los siempre cambiantes paisajes bañados por la luz reflejada por las imperturbables olas del mar y un horizonte azul que ha sido testigo del surgimiento y la caída de multitud de imperios.

En este film proyectado dentro de la Sección Oficial del Festival de Sevilla de este año, Muñoz Rivas intenta capturar las infinitas texturas fluidas que componen la arena, el viento y el agua en un perpetuo conflicto revelado por los rayos del Sol, que en ocasiones forman abstracciones indescifrables cuya existencia en este plano terrenal parece inalcanzable para la conciencia humana. Este mismo conflicto es al que se enfrentan los habitantes de la región para no desaparecer engullidos por su bello pero silenciosamente ensordecedor entorno. Conscientes de su legado, la única forma de prevalecer y ser recordados es persistir, vivir cada día y fijar su mirada escudriñando el fin del mundo, casi como esperando que suceda algún hecho mágico que de sentido a su cultura, sus sencillas costumbres y rutinas. El sonido es una pieza clave aquí para la construcción del discurso con sus imágenes como elemento cohesionador. Y quizá son sus imágenes las que acaban, por momentos, cerca de fagocitar las intenciones de su autor por un exceso de confianza en sus capacidades expresivas. Afortunadamente, un puñado de instantes en los que la cámara se desvía hacia los detalles cotidianos de los oriundos y sus interacciones salvan casi milagrosamente de precipitarse al vacío la propuesta –contextualizando de manera concisa y brillante la dimensión humana del relato que se extrae de su mínima presencia–, dejando constancia de los recuerdos y anhelos que desaparecen cada día al anochecer y regresan para acompañarles al siguiente, de nuevo, al alba.

<em><strong>All the Cities of the North</strong></em> (Dane Komljen, 2016)

All the Cities of the North (Dane Komljen, 2016)

En All the Cities of the North (Dane Komljen, 2016) –vista en el contexto de la selección de Senderos que se bifurcan– lo mítico surge sin embargo del escenario escogido para el transcurso de su metraje: un complejo hotelero abandonado cerca de la frontera de Montenegro con Albania. En este cementerio de edificios y construcciones simétricas e idénticas, una pareja de hombres (sobre)vive compartiendo espacios vacíos y tiempo. Un tiempo que ha comenzado a borrar de la faz de la tierra la existencia de una construcción proyectada en otra época. Una en que las viejas estructuras se derrumbaban y las promesas de cambios, progresos y falsas esperanzas dieron pie a grandes planes gubernamentales y privados que pudieran aprovechar la nueva era que nacía de las cenizas de viejos países, sistemas y regímenes. El fracaso de esta transición crítica dejó sus huellas de una sociedad en descomposición, reflejada en inmensos proyectos en multitud de ciudades que celebraban la sustitución de lo viejo conocido por algo nuevo cuyo funcionamiento se escapaba en realidad a su comprensión. Y de esa manera la simple convivencia de los misteriosos protagonistas se ve proyectada hacia un paisaje que entremezcla la vida salvaje con el espectro de la civilización siempre presente en cada plano.

Una proyección social desde el alcance humano de la narración que recuerda al tratamiento que hacía Blind Sun (Joyce A. Nashawati, 2015) de ese mundo alternativo que retrata en el que el agua se ha convertido en Grecia en un bien escaso y con el que se especula. Si aquella película planteaba la necesidad de un cuestionamiento de la definición de ciencia ficción cinematográfica, el mundo postapocalíptico en el que un extraño perturba el statu quo de All the Cities of the North podría ser también una expresión de una realidad distinta dentro de nuestro propio presente que exagera en su microcosmos el resultado de cualquier crisis sistémica conocida. De los desechos de un mundo antiguo derruido no puede construirse nada nuevo hasta que desaparezca por completo. Irónico resulta que la característica mirada naturalista hacia la falta de acción de sus lugares y el silencio que se usa a través de la cámara se vea agredida por un mecanismo de inclusión de lo metacinematográfico –a través de la presencia de un equipo de rodaje que sigue a los protagonistas del film–. Un recurso que se antoja innecesario para potenciar el hiperrealismo de una cinta que ya lo posee por si misma sin ese truco que hace explícito y menosprecia el valor de lo conseguido con su puesta en escena.