Se estrena en nuestro país Ahora sí, antes no, la última película del director coreano Hong Sang-soo y parece, por tanto, el momento adecuado para hacer un repaso, amplio pero no exhaustivo, de su filmografía. Una carrera que le ha convertido en uno de los cineastas más reconocibles de nuestro tiempo. Tanto que si alguien une los tres sustantivos que complementan el título de este artículo, sabría, definitivamente a quién nos estamos refiriendo aunque su nombre no constara por delante de ellos. Tanto que si presentamos algún fotograma concreto como única pista en un juego de “Adivina quién…”, pienso en un plano frontal con una pareja en una mesa de un café rodeados de botellas por todas partes, la adivinanza resultaría sumamente sencilla. Pero, ¿realmente el cine de Sang-soo es sólo esa repetición de unos elementos determinados o va mucho más allá? Para hablar de ello hemos invitado a varios amigos para que nos comenten sus opiniones sobre él y su cine, con la única condición previa de no haber ingerido antes varias botellas del dulce aguardiente coreano.

Martín Cuesta

La puerta del retorno (Saenghwalui balgyeon, 2002) por Martín Cuesta

turning gate

Una de las características menos nombradas, y desde mi punto de vista más importantes, al hacer referencia al cine de Hong Sang-soo, es el naturalismo en la descripción de sus personajes. Frente a lo representativo de sus estructuras (repeticiones, variaciones, saltos temporales, etc.), las criaturas del cineasta coreano son ejemplos claros de un estudio observacional (y vivido, nos tememos). A mi juicio, es en La puerta del retorno, donde esta capacidad del coreano para fotocopiar sobre la pantalla la naturaleza de las relaciones humanas es más sagaz y certera, sobre todo en la definición de la aleatoriedad como el factor dominante de éstas. Nada en la película parece venir dado por unas causas racionales, todo es fruto de un efecto mariposa (una llamada de móvil) que terminará desembocando así, aleatoriamente, en una sucesión de hechos tan absurdos como reconocibles. Incluso los súbitos arranques de sentimiento de Kyung-soo no parecen tener ninguna base real, son así porque son así, y es en ese espejo de lo ridículo donde más nos vemos reconocidos. Así pues, quizá este sometimiento a un destino caprichoso sea la tabla de salvación de unos seres fundamentalmente egoístas, o puede que también lo sea reconocer nuestro egoísmo en el suyo y redimirlos a ellos al hacerlo con nosotros mismos. Del alcohol y del sexo culpable, y de cómo se relacionan ambos en el cine de Hong, hablaremos en otra ocasión.

La mujer es el futuro del hombre (Yeojaneun namjaui miraeda, 2004) por Antonio M. Arenas

woman is the future

En una escena que se antoja reveladora del cine de Hong Sang-soo, rodada en una única toma compuesta por un plano fijo de situación acompañado de un movimiento lateral de cámara, dos amigos recuerdan viejos tiempos sentados en una cafetería por cuyas amplias cristaleras contemplamos el discurrir de la calle. Antes de que la conversación adquiera entidad propia o introduzca algún tipo de relato, salta el recuerdo de una mujer por cuyo desencuentro uno de ellos, su marido, se marcha. Será entonces cuando a través del cristal cobre a nuestros ojos especial relevancia la figura de una mujer detenida en la acera, cuya evocadora imagen da pie a una serie de escenas en las que se atropella la imaginación y el recuerdo de los tres personajes, habitantes cada uno de ellos de su propio universo.

Esta situación, a cuyo mecanismo volverá intercambiando roles para alterar el estado temporal y mental de la narración, resume a la perfección cómo el aparente minimalismo de la puesta en escena de Hong Sang-soo esconde un complejo mecanismo translúcido, de múltiples capas narrativas y compositivas, por el que acceder a las frustraciones y los anhelos más básicos de sus personajes, egoístas atrapados en historias de amor sin principio ni final, a los que tras el sexo, que de haberlo es mecánico, desangelado, abrupto o incluso interrumpido, no les queda futuro sentimental alguno.

A la conclusión no son ellos sino los espectadores quienes descubrimos que la empatía es la pieza que falta en el enésimo puzzle narrativo de su filmografía, ese que La mujer es el futuro del hombre deja sin resolver con tanta ironía como amargura.

Un cuento de cine (Geuk jang jeon, 2005) por Jaime Lorite

tale of cinema

«Creo que no has entendido la película», espeta el personaje femenino a su partenaire en el clímax de Un cuento de cine. El momento ocurre al final del segundo segmento; antes, Hong Sang-soo nos ha mostrado un mediometraje del que, tras el corte intermedio, sabemos que su director (dentro de la ficción) está moribundo, y que su historia fue idea de un compañero de clase suyo, quien tomará el relevo como protagonista desde ese mencionado corte en adelante. Que aquel que concibió la película sea sobre quien recaiga la pulla de no haberla entendido, además de un apunte gracioso, puede ser sencillamente el modo en que Sang-soo nos transmite que el arte nunca es unívoco –de igual forma que la vida no se puede vivir solo de una manera–, pero sobre todo, en una narración que a través de sus dos capas está manteniendo un pulso con la realidad, es difícil no leerla como un desafío al espectador y, con ello, a la superficialidad del cine. Porque Un cuento de cine es, precisamente, una película sobre la necesidad de trascender.

La idea del suicidio romántico como integrador de las pulsiones de vida y muerte sirve de leit motiv de un relato que, mediante su apariencia dual, trata de profundizar en la dialéctica entre ficción y realidad, o entre la vida que queremos frente a la que tenemos. La Torre de Seúl es testigo de los frustrados intentos de dos jóvenes por lograr algo que también les convierta en tótems: ambos son egocéntricos, demasiado geniales para estar establecidos, y sueñan con experimentar un romance apasionado… o su simulacro. Todo colapsará en un final desolador que acredita la fuerza conceptual de la propuesta y el genio de Hong Sang-soo, uno de esos creadores a los que es imposible recluir en palabras.

En otro país (Da-reun na-ra-e-suh, 2012) por Ramón Rey

in another country

Una pizpireta mujer francesa de mediana edad visita un pueblo costero surcoreano. Ese es el punto de partida de tres historias que exploran distintas variaciones de los problemas de comunicación en las relaciones humanas en un juego narrativo de una guionista que aprovecha su entorno para construir un relato que lidia con los asuntos que ocupan su mente. Una historia marco que sirve de excusa para que a partir de un puñado de personajes, localizaciones, elementos y temas recurrentes, Hong Sang-soo indague primero en las barreras culturales y cómo estas distancian desde lo sutil a lo más obvio a la protagonista en sus interacciones con sus anfitriones y el resto de lugareños que conoce, después las dificultades que se presentan para expresar los sentimientos en las relaciones interpersonales así como sus consecuencias y, por último, la trampa del lenguaje como recurso humano contradictoriamente insuficiente para explicar nuestra propia esencia en cualquier idioma.

La infidelidad, el deseo frustrado y la insatisfacción, la presencia de la referencia cinematográfica explícita, la búsqueda de uno mismo y los problemas con el alcohol de sus personajes son algunas de las constantes entre las que la interpretación de Isabelle Huppert fluye análogamente a la precisa puesta en escena de cada una de las distintas versiones de las situaciones que se plantean. Situaciones que sirven de base a unos diálogos que explotan desde lo naturalista su sentido ambiguo y definen el tono general profundamente irónico del film, que se ríe de sus personajes desde cierta distancia con una benevolencia consciente de lo patético de nuestra existencia. Una en la que parece difícil aceptar nuestra inherente ineptitud para adaptarnos al cambio o cuestionarnos a nosotros mismos. Porque en un mundo crónicamente imperfecto al final no es tan importante tomar la decisión correcta como ser capaz de asumir dónde nos lleva.

Our Sunhi (Woori Sunhee, 2013) por Sergio de Benito

our sunhi

Al visitar una nueva obra de Hong Sang-soo, uno tiene la sensación errónea de descifrar todos los parámetros que definen al cineasta de Seúl. El uso de esos rápidos zooms que funcionan como preludio, un aspecto formal en apariencia desaliñado y la repetición como mecanismo de reflexión narrativa hacen identificable al instante una dirección que apuesta por cincelar la palabra y el gesto frente a la puesta en escena para revelar un vacío comunicativo latente, que conecta sus historias con los cuentos morales de Éric Rohmer. Es un cine, además, en el que ni pasado ni futuro parecen existir como tales: sus estancados personajes habitan en la imagen directa y esporádica del presente, cada vez más austera, durante unos tránsitos que no conducen más que a la absurda dilatación de ese tiempo vital suspendido. ¿Qué hay en su autoría, por tanto, que aporte ese matiz de reinvención constante?

En Our Sunhi, decimoquinta película de una trayectoria tan prolífica como autorreferencial, el posesivo del título define las narcisistas relaciones de tres hombres que giran en torno a una mujer luminosa y huidiza, de nuevo sometidas a un entramado de variaciones y paralelismos. A través de una serie de larguísimos planos fijos, el soju vuelve a ejercer como catalizador de las emociones retenidas, llamado a confundir ideas y definir mediante ese absurdo no sólo a sus personajes, sino también lo que subyace en sus interacciones. Como en un puro enredo rohmeriano, con varios hombres tratando torpemente de descifrar a una misma persona, todo lo que trasluce se revela más complejo de lo que indica su grácil apariencia. Así, el hermoso último acto en el templo, donde los personajes masculinos comparten plano confusos intentando desvelar los sentimientos de ella, ya fuera de ese espacio, parece concretar una analogía entre su protagonista femenina y la propia obra del coreano: es uno de los escasos directores actuales con la inequívoca capacidad de presentarse diáfano y esquivo al mismo tiempo.

Ahora sí, antes no (Ji-geum-eun-mat-go-geu-ddae-neun-teul-li-da, 2015) por Yago París

right now wrong then

De Hong Sang-soo podría decirse que ver una película es haberlas visto todas. También, que no haber visto todas es no haber visto ninguna. Ninguna me convence, pero prefiero la segunda opción. Su cine reincide en las mismas temáticas, pero lo que podría caer en la redundancia encuentra su espacio para que cada nueva entrega adopte personalidad propia. El director coreano siempre hace lo mismo, pero el resultado es siempre diferente. En su última obra, Ahora sí, antes no (2015), el tema central es la incomunicación como elemento definitorio de las relaciones.

Ganadora del premio a la mejor película en el Festival de Locarno, y a la mejor película y al mejor actor en el de Gijón, esta cinta recorre los lugares comunes de fondo y forma de su filmografía: cine dentro de cine, el azar, la importancia de decisiones aparentemente intrascendentes, la inmadurez del hombre surcoreano… Estas inquietudes temáticas vienen cubiertas por su puesta en escena habitual, esa que juega al cine casero, mal hecho, sobre la marcha, descuidado. Una apariencia que nada tiene que ver con la realidad, pues no es otra cosa que un ejercicio de sublime coherencia interna: el autor filma en la distancia a sus personajes, casi como en un documental de animales, y los analiza en sus hábitats naturales, desarrollándose con la naturalidad propia de la vida misma, esa que nada tiene de espectacular y que más explica cuanto menos dice.

En Ahora sí, antes no (2015), Hong Sang-soo reflexiona acerca de la dificultad (¿imposibilidad?) de conocer a la persona que tenemos enfrente, principalmente por las barreras de la (in)comunicación y especialmente por la relevancia capital que adquiere el receptor en la interpretación del mensaje. Lo que llega, lo que se interpreta y lo que se quiere y no se quiere ver son demasiados obstáculos para una adecuada comprensión de lo que realmente está ocurriendo. Acudiendo a su habitual recurso de contar varias veces una misma historia y observar cómo evoluciona en función de lo que signifique cierta acción para cierto personaje, el autor expone cómo la imagen que el personaje femenino se hace del masculino apunta a extremos opuestos, cuando, en resumidas cuentas, él se ha comportado de la misma manera en ambas historias. En última instancia, más importante que el acto es la interpretación del mismo.