A Gentle Creature (Sergei Loznitsa, 2017)

La película a concurso de Sergei Loznitsa resulta un buen ejemplo de cómo el punto de vista de un autor con respecto a unos hechos determinados, hace que variemos fundamentalmente nuestro análisis de las imágenes que presenta… expliquémonos, A Gentle Creature engarza, en buena parte de su metraje, con grandes clásicos de la tradición narrativa rusa, de Tolstoi a Dostoievski, de Yevgueni Zamiatin a las chastukas, todo para contar en tono tragicómico, la odisea de una mujer a la búsqueda de su marido, encarcelado por un motivo cualquiera.

Ese arte del exilio, del cual A Gentle Creature es su último ejemplo, se imbrica con la propia historia del país más grande del mundo, así, por los fotogramas del film de Loznitsa, pasan recordatorios de los decembristas, de las islas Solovki, de los brazos esclavos que construyeron Magadán a las orillas del Kolyma, en definitiva, de todas las riadas, pasadas y presentes, que han supuesto formas de liberticidio en Rusia. También, no podía faltar, está la inevitable querencia eslava por el elemento burocrático, por los apparatchik, por la indefensión del individuo frente al coloso estatal… todo, insistimos, tan tópico en la tradición narrativa del país como en la del nuestro puede ser la novela picaresca.

¿Cuál es, entonces, el pecado de Loznitsa para que consideremos su film como una obra de  descarada propaganda más que que como una reflexión de intenciones reformistas o ilustradoras? Citemos primero un factor externo: el cineasta ucraniano ha tomado partido en sus obras por el nacionalismo de su país en el conflicto de éste con Rusia (véase Maidan). Mencionemos después cómo esta postura se manifiesta en la propia A Gentle Creature: hay un hipertrofiado último acto donde, de forma onírica (!), se representa al propio estado ruso como un esclavista irredento, equiparando de forma bastante vulgar a Iván el Terrible con Lenin. Yeltsin o Putin. Todo es lo mismo para Sergei que sacrifica el equilibrio de su cinta, hasta ese momento bastante conseguido, en nombre del discurso partidista, convirtiéndose así de cineasta en publicista, de artista en vendedor de panfletos. De Stepan Bandera y de la OUN no se acuerda Loznitsa en esta ocasión, quizá para la próxima, o no.

Good Time (Ben & Joshua Safdie, 2017)

Puede que exista una cierta tendencia, por parte de los periodistas destacados en Cannes, de sobredimensionar alguna de las obras que se presentan a concurso en su sección oficial y que, al mismo tiempo, se escapan de la generalizadora condición de arthouse, adentrándose en los terrenos de lo que llamamos “cine de género”. Quizá puedan llamarlo fomentar la diferencia, o tal vez sea el resultado de la convivencia con el tedio, pero, más allá de las causas originales y centrándonos en la actualidad: ¿es Good Time de los hermanos Safdie la muestra de este año de esa idolatría por lo diferente?

Creemos que no lo es y que esta conversión al noir de la pequeña odisea de Leopold Bloom tiene valor por sí misma, más allá del ya mencionado agradecimiento genérico de algunos aburridos camaradas. Citemos por ejemplo su capacidad para la continua reinvención de la trama en originales plot twist que no hacen perder, sin embargo, la coherencia de su narración. Citemos la relación entre los dos protagonistas de la cinta, sus dos caracteres enfrentados de fuerza y habilidad. Citemos su capacidad para hacer una investigación inmersiva del downtown neoyorquino: conseguir que veamos nuevas facetas de la ciudad más representada en una pantalla en la historia del cine es, cuanto menos, notable. Citemos, en definitiva, al bueno de Robert Pattinson, cada día más consolidado como un actor de carácter y tendremos como resultado que Good Time es algo más, mucho más, que el capricho casual de unos reseñadores secretamente hartos del nuevo cine melanesio.