L’amant double (François Ozon, 2017)

Primerísimo plano del interior de una vagina que, posteriormente, se funde con la imagen de un ojo. Ése es el comienzo con el que François Ozon, director de L’amant double, homenajea a Alfred Hitchcock y Vértigo, una referencia constante más que habitual en el cineasta francés.

No es sólo Hitchcock quien aparece por los fotogramas de una de las últimas películas a concurso de la Sección Oficial: L’amant double es una especie de monstruo de Frankenstein cinematográfico, una colección de referencias que va de Almodóvar a Polanski, de Cronenberg a Ira Levin. Es esa artificialidad en la construcción de situaciones y personajes el mayor ‘pero’ de una cinta que se percibe más como el resultado de un experimento de laboratorio para lograr unos fines determinados (hablemos de la Palma de Oro), que como el fruto de una inspiración creativa real. Así, los repetidos intentos de Ozon por generar situaciones provocativas: strap-ons en culetes vírgenes, fetos revoltosos, violaciones semiconsentidas, etc. aunque nos divierten con su tono de comedia soez, tampoco consiguen algo similar a una reflexión profunda. Digamos también que no entendemos que el film provoque indignación con armas tan leves, que genere molestias cuando nos encontramos en el polo opuesto a la trascendencia.

Ozon y su amante doble quedan así como un entremetimiento inane dentro de una sección oficial que no ha terminado de levantar el vuelo. Su historia de gemelos y psiquiatría invertida engarzan con esa tradición del ‘auteur’ de andamiar su cine en torno a elementos opuestos: maestro y alumno en Dans la maison, lo femenino y lo masculino en Une nouvelle amie… unos vínculos que, pese a su existencia, no convierten la sesión en algo memorable, tampoco en algo vomitivo, sobre todo si tenemos en cuenta lo que nos esperaba a continuación.

In the Fade (Fatih Akin, 2017)

En el caso de Fatih Akin no buscamos polemizar en torno a sus imágenes en un contexto aislado, separado de nuestra realidad social, de nuestro día a día, más bien todo lo contrario: la indignación que nos provoca el director turco proviene directamente de ese contacto con el hoy, del día a día en los periódicos, de los muertos de Manchester, Damasco o París.

El problema de In The Fade no es que frivolice sobre los atentados suicidas y sus consecuencias, si fuera así al menos podríamos esgrimir en su defensa su mirada burlona, otorgarle a la cinta la permisividad de los bufones… no, el problema de la película de Akin es que, increíblemente, se toma en serio su discurso, vengativo y justiciero, justificador de venganzas y de ascensiones a paraísos (agnósticos). El problema de esta película es que es demasiado seria para considerada una broma (perdón por la boutade).

No es algo nuevo en el cine o en la literatura confrontar las dos escuelas naturales del Derecho, el positivismo y el iusnaturalismo, la preeminencia de la ley o la de la justicia (entendida ésta como concepto universal). Tomemos como ejemplo arquetípico de esta dualidad de opuestos el actual boom del cine (y series) de justicieros, es decir, aquellos individuos que actúan en sustitución y con preeminencia sobre la ley escrita. Donde ésta no llega, ahí están ellos, corrigiendo y rectificando. ¿Cuál es entonces la diferencia entonces entre Daredevil e In The Fade? ¿Qué hace a ésta más abyecta que al superhéroe de la Cocina del Infierno? En realidad son varias cosas: es la falta de duda o de diálogo interno en el qué hacer ante el enemigo a castigar, es la otorgación de una recompensa divina al que sacrifica su vida en la sagrada autoinmolación.

Probablemente luego Akin jugará a ser un ateo indignado e incomprendido, pues bien, no le compramos su historia, sus imágenes dicen mucho más de él que sus palabras. Qué olor a muerte, qué pestazo a integrismo.